La Resurrección

La resurrección es la creencia en que los seres humanos recibirán una
nueva vida física, con un nuevo cuerpo levantado de entre los muertos, en el futuro. La fe en la resurrección de los muertos es muy tardía en la Biblia. Los helenistas (100 a.C.), basándose en datos de la filosofía griega enseñaron que el alma es inmortal (Sab 3,1). 2 Macabeos enseña que habrá una resurrección de los cuerpos, pero solo para los justos (2 Mac 7,9-14), mientras que Daniel anuncia una resurrección de los justos para la gloria y de los malvados para elcastigo (Dn 12,2-3).

Jesucristo, que se define a sí mismo como la resurrección y la vida (Jn
11,25), enseña con total seguridad la resurrección de todos los hombres (Jn 5,28-29) y es presentado por los autores del NT como causa y modelo de la resurrección de los creyentes (1 Cor 15,12-50). ¿Qué descubrieron los apóstoles en la tumba de Jesús?
Lo primero que vieron los discípulos al entrar en la tumba fue las vendas
(othonia en griego: cf. Jn 20,5). Pero en realidad othonia no significa «vendas» sino «sábana», es decir, un pedazo grande de paño. Esta traducción concordaría con los otros tres evangelios que afirman que, al morir Jesús lo cubrieron con una sábana (Mc 15,46; Mt 27,59; Lc 23,53), aunque ellos emplean otra palabra griega: sindón.

La segunda prenda que vieron los discípulos en la tumba fue el soudárion
(Jn 20,7). ¿Qué era un sudario? El término proviene de la palabra «sudor», y era un pequeño trozo de tela o pañuelo que los judíos empleaban para secarse la transpiración. Puesto que a veces los cadáveres solían quedar con la boca abierta, se doblaba el pañuelo en diagonal, se enrollaba, se lo pasaba por debajo de la mandíbula, y luego se ataba fuertemente haciendo un nudo en la parte superior de la cabeza.
El evangelio dice que el sudario «estaba sobre su cabeza» (Jn 20,7). El
entierro de Jesús se hizo «según la costumbre judía de sepultar» (Jn 19,40). Por tanto, podemos imaginar que le colocaron el sudario cumpliendo su función habitual, es decir, cerrando su boca. Lamentablemente, las Biblias suelen decir que estaba «cubriendo su cabeza» (Jn 20,7), lo cual da a entender erróneamente que tapaba toda su cara. En realidad, deberían decir que «rodeaba su cabeza». 

Los discípulos, pues, vieron dos prendas en el sepulcro de Jesús: la
sábana y el sudario. Ahora debemos preguntarnos: ¿cómo las vieron? Con
respeto a la sábana, las Biblias suelen decir que «estaba en el suelo» (Jn 20,5). Pero es un error de traducción. El texto original emplea aquí el verbo kéimai que significa «yacer»; la traducción correcta sería que la sábana «estaba aplanada», «estaba aplastado», «caído», «desinflado», «desplomado bajo su propio peso», como si el cuerpo se hubiera volatilizado. No estaba, pues, «en el suelo», sino en el mismo lugar donde antes habían puesto el cadáver, solo que vacío. Esto significa que la hallaron tal como la habían dejado el viernes anterior, solo que sin el cuerpo dentro.

Con respecto al sudario, las traducciones también cometen errores.
Dicen que estaba «plegado», y que se hallaba «no colocado con la sábana» (Jn 20,7). Pero se trata de dos equivocaciones. El primero, porque al afirmar que estaba plegado da a entender que se hallaba doblado, alisado. Pero el verbo que se emplea es entulísso, que significa «enrollar». El sudario, pues, se hallaba en realidad enrollado, enroscado.
El segundo, porque el texto no dice que se hallaba «no colocado con la
sábana», sino «no aplanado (kéimai) como la sábana». Aquí Juan vuelve a usar el verbo kéimai, que ya vimos que significa «aplanar, allanar». Lo que quiere decir el evangelista es que el sudario, que antes estaba alrededor de la cabeza de Jesús, no se hallaba aplanado, alisado, como estaba la sábana. Seguía enrollado y conservando su forma ovalada, de argolla, como si siguiera rodeando todavía la cabeza de Jesús, que ya no estaba. De haber sido robado el cadáver, el pañuelo tendría que haberse abierto.

Falta por preguntarnos: ¿dónde estaban la sábana aplanada y el sudario
enrollado? De la sábana no se dice nada. Se supone que la sábana estaba en el mismo lugar donde la habían puesto el día del entierro. Pero del sudario las Biblias dicen que estaba «en un lugar aparte» (Jn 20,7). En realidad, la frase griega dice «en su lugar propio» (eis hena tópon). Juan quiere señalar que el sudario, además de estar enrollado, seguía en el mismo lugar, ocupando el espacio donde antes había estado la cabeza de Jesús. Ahora sí, con estas aclaraciones, podemos proponer una traducción correcta del episodio evangélico, que sería la siguiente: «Salieron Pedro y el otro discípulo, y se dirigieron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro y llegó antes al sepulcro. Se agachó para mirar, y vio que la sábana estaba desinflada, pero no entró. Detrás de él llega Simón Pedro, entra en el sepulcro y ve la sábana desinflada; y el sudario, que estuvo alrededor de su cabeza, no alisado como la sábana, sino enrollado en su propiolugar. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó» (Jn 20,5-8).

Era evidente que no podían haberse robado el cuerpo, se había
evaporado: Había resucitado. Hoy también a nosotros, los discípulos de Jesús, nos toca caminar en un mundo muchas veces semejante a una tumba. Donde se ven despojos y signos de muerte por todas partes. Donde el vacío y la soledad hielan el entendimiento. Pero debemos descubrir, en estos signos de muerte, los signos de la vida. Debemos creer que, en este ambiente mortuorio del mundo, está Jesús resucitado con su fuerza misteriosa, invitándonos a la esperanza, y a vivir de acuerdo con ella. Solo la fe nos permite verlo vivo. Y el esfuerzo de vivir según esta fe vale la pena. Porque del tamaño de la fe serán después las cosas que nos sucedan.

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